lunes, 26 de septiembre de 2016

ESQUINAS EN EL BIGOTE OBSCENO

MUJERES EN LA ESQUINA. 
RELATOS DESGARRADORES
Pepe Pereza nos deja un conjunto de relatos cortos que duelen. En Esquinas, podemos ver la realidad que muchas veces preferimos ignorar cuando vemos a mujeres que no tienen más remedio que ganarse la vida vendiendo su cuerpo. Un libro sobre sexo, dinero y desesperación que nos hace abrir los ojos ante un mundo gris.
Esquinas recoge diferentes puntos de vista sobre la prostitución, aunque no están todos. El lenguaje es duro, con fragmentos que llegan a rasgarnos hasta dejar una marca profunda. Las ilustraciones son como una nube oscura que aparece para mostrarnos las palabras de Pepe Pereza de un modo tan auténtico que casi podemos tocarlas en el aire.
Un padre que descubre que su hija se prostituye, una chica que necesita conseguir algo sin más ayuda que la de su cuerpo, una mujer que tiene que cuidar a un bebé anciano, un hombre con una clientela peculiar… Dinero como arma, armas como último recurso, el recurso principal es de carne y hueso.
Relatos pensados para tocarnos la conciencia y cuestionar nuestra moral. Este mes que nos dedicamos a explorar el mundo femenino, me gustaría abordarlo en un sentido distinto al que podríamos plantear. No todos los libros hablan de mujeres fuertes, feministas o independientes. Algunas veces debemos mirar más allá. Quizá no sea justo que en el libro de Pepe Pereza nos encontremos solo a personas con un dolor profundo o unos momentos caóticos. ¿Por qué no hablar de esas otras mujeres que eligen voluntaria y legalmente esta profesión en otros países sin miedo? ¿Por qué en España si eliges este camino eres una paria? ¿Por qué tenemos que sentirnos esclavas, infravaloradas o desprotegidas en tantos empleos?
No es solo una cuestión de tener un salario inferior al de un hombre por el mismo trabajo, de soportar acoso por parte de compañeros o jefes, de escuchar cómo podemos o no vestir, qué podemos o no hacer. No vale solo con mirar para otro lado cuando pasamos por la carretera de camino a la playa y vemos a una persona, bajo el sol a 40 grados, esperando a que salgan los trabajadores de un polígono para poder llevar dinero a quien amenaza a su familia. Un feminista debe luchar, sea hombre o mujer, para que la ley proteja en igualdad de condiciones a ambos sexos en todos los aspectos. ¿Por qué somos feministas si nadie se levanta y da un golpe en la mesa por este tipo de situaciones?
Quizá estos relatos sean tan cortantes porque en nuestra sociedad es un tabú y una mafia. La prostitución es un arma de explotación, en lugar de ser una profesión como otra cualquiera. Después de todo… ¿no es un servicio? Podemos cuidar, ayudar, cocinar, servir y proteger. Enfermeros, cuidadores, cocineros, policías o amas de casa. Pero, cuidado, el sexo no puede ser un servicio y precisamente por eso es una fuente de personas con malas intenciones que abusan de su poder y del miedo que provocan.
Leyendo Esquinas me he dado cuenta de lo deprimente que es también ser cliente. Tampoco estás protegido. No hay lugares legales donde puedas pagar por mantener relaciones de mutuo acuerdo, como una transacción en un banco. Muchos se ven empujados a acudir a profesionales que están fuera del sistema, un sistema que se ha dado la vuelta para no mirar. ¿Traerían a mujeres de otros países con mentiras para obligarlas a prostituirse si aquí fuera algo natural donde poder elegir?
En España no es ilegal ejercer la prostitución, pero no es un empleo reconocido. Esto quiere decir que no se cotiza a la Seguridad Social, no se tiene derecho a vacaciones, no hay posibilidad de jubilarse con una pensión, no hay impuestos, no pueden sindicarse ni hacer huelga. En 2015 se estimaba que el 80% de quienes ejercen la prostitución lo hacen contra su voluntad.
Hay mujeres y hombres en ambas caras de la moneda: prostitución y clientela. Toda la moneda necesita estar incluida en el sistema y ser reconocida por la sociedad. Debemos ser conscientes de que el poder del feminismo debe ejecutarse en las dos direcciones. Si la igualdad se logra debe ser gracias a una balanza equitativa.
Feministas, Pepe Pereza nos enseña las Esquinas que a veces no vemos. Debemos abrir los ojos a una realidad dura, desagradable y preocupante. Os recomiendo esta lectura porque aunque pueda herir la sensibilidad de algunos… nadie ha dicho que la vida sea fácil. No es un libro que se lea con gusto o por puro entretenimiento, no es una poesía de Neruda ni un bestseller de Dan Brown. Son palabras que conectan nuestros ojos con nervios directos a la conciencia. Tal vez, no todos estemos hechos para leerlo, pero sí para afrontar que el problema existe.

Ángela Pacheco


martes, 20 de septiembre de 2016

EL EXPULSANTE - UN RELATO DE J.P. TEFAN

EL EXPULSANTE
La Materia Amarillenta sale por la boca del Expulsante en forma de hebras maleables que son depositadas a los pies del operario de turno. Los componentes químicos de La Materia Amarillenta reaccionan con el oxigeno de la sala, haciendo que los filamentos se vuelvan duros y consistentes. Es un ejercicio complicado y doloroso para el Expulsante, ya que su garganta queda gravemente irritada por el esfuerzo. Solo el dos por ciento de la población dispone de Glándulas Expulsadoras de Materia Amarillenta. Por eso los Expulsantes están tan solicitados. Las fibras secas son recogidas con sumo cuidado por el operario y llevadas inmediatamente al laboratorio. Una vez allí, los Expertos se encargaran de analizarlas. Si pasan las Tres Grandes Pruebas (TGP) serán trasladadas al muelle de carga para su distribución. En caso contrario, las hebras deben ser quemadas en los altos hornos en un plazo nunca superior a veinticuatro horas. Terminada la expulsión de la Materia Amarillenta, el Expulsante debe acudir a las Oficinas Centrales para rellenar los formularios pertinentes. Acabado el tema burocrático,  el Expulsante está obligado pasar un tiempo limitado en una de las cabinas de recuperación. El Expulsante se acomoda en la camilla acolchada y conecta la válvula de abastecimiento a la vena principal de uno de sus brazos, seguidamente presiona el botón verde que pone en funcionamiento la terminal de la cabina. Los fluidos de la depuradora pasan a través de la sonda y entran en el cuerpo del Expulsante. Los ojos en blanco y unos pequeños espasmos en los pies son la prueba de que todo va bien. Hasta que, estando en pleno proceso, hay un bajón de energía que bloquea el programa de la cabina de recuperación. Debido al fallo eléctrico, los fluidos de la sonda en vez de ser alojados en el cuerpo del Expulsante son absorbidos por el rotor la depuradora, provocando una dolorosa descarga por todo el cuerpo del Expulsante. El Expulsante extrae la válvula de su brazo. Está harto. No es la primera vez que le pasa, y seguramente no será la última. Restablecida la energía de la cabina y purgada la sonda, una voz distorsionada dice por los altavoces: Conéctese a la válvula, por favor. El Expulsante limpia el orificio de su brazo con una gasa humedecida en yodo, después vuelve a conectar la válvula en la vena.

            El Expulsante camina por una de las calles adyacentes al complejo residencial. Nota el brazo agarrotado. Por experiencia sabe que el dolor durará toda la noche. Delante de él, unas emanaciones vaporosas ascienden desde el subsuelo. El indicador de datos que tiene implantado en la muñeca advierte que la zona está contaminada con altos niveles de azufre y plomo. La mascarilla filtradora se conecta automáticamente acoplándose a la cara del Expulsante como una segunda piel. El Expulsante sigue su camino entre la niebla ambarina. Es el micro-clima ideal para que se reproduzcan las amebas rojas. De hecho, en los edificios abandonados que flanquean la calzada hay millares de nidos viscosos colgando en los recovecos de las fachadas. Toda una plaga. Unos metros más adelante, el aire vuelve a ser respirable. La mascarilla filtradora se repliega dentro de un dispositivo insertado detrás de la oreja. El Expulsante dobla una esquina y dirige sus pasos hacia el único edificio iluminado de la barriada. Entra en el portal. Cuando está dentro del ascensor el indicador de datos se ilumina de nuevo. Esta vez es un mensaje del Laboratorio: El examen de la TGP es favorable. La Materia Amarillenta con expediente L38 ha sido trasladada al muelle para su distribución. Seguidamente llega el recibo y la confirmación de que los Bonos de la operación han sido ingresados en la cuenta personal del Expulsante. El ascensor se detiene en el ático. El Expulsante entra en casa. Se sienta en un viejo sillón reclinable y rompe a llorar. Un llanto amargo y doloroso. El Expulsante baja el nivel de la lámpara para dejar la estancia en penumbra. Se coloca en la cabeza un gorro al que están sujetos una veintena de electrodos y conecta el Inhibidor de Pensamientos. La peculiaridad de ese aparato, tal y como su nombre indica, es el de inhibir o neutralizar cualquier pensamiento que genere el cerebro del Expulsante. Una forma rápida y segura de dejar la mente en blanco. Los sollozos del Expulsante paran de golpe.

            Por la ventana entran los reflejos del amanecer. El Inhibidor de Pensamientos se desconecta mediante un sensor que capta las primeras luces del día. El Expulsante abre los ojos. El primer pensamiento que le viene a la cabeza es la imagen de su hijo. Su segundo pensamiento: el cadáver de su hijo. El Expulsante llora. No hace ni medio año de la tragedia. La herida está fresca y duele. Según el informe de la autopsia el niño falleció por una infección en la formación de las Glándulas Expulsadoras de Materia Amarillenta. Cuando un bebé tiene una herencia genética de ese calibre siempre entraña un alto riesgo para la criatura, entre otras cosas, porque dicha herencia no deja de ser una mutación y la mayoría de las veces es el propio cuerpo el que rechaza la metamorfosis. Por eso el Expulsante arrastra un sentimiento de culpabilidad que agudiza aun más el sufrimiento por la muerte de su hijo. Un añadido doloroso del cual no logra deshacerse a no ser que se conecte al Inhibidor de Pensamientos. Desde aquel fatídico día, la vida del Expulsante ha sido un infierno. Su matrimonio se fue a pique. Se tramitó la separación y los de Urbanismo le asignaron una casa en la zona residencial, pero el Expulsante rechazó la oferta y en su lugar pidió una vivienda en la Zona Contaminada. Desde entonces vive en ese edificio abandonado y en ruinas.
            Para desayunar el Expulsante toma tres píldoras antidepresivas. Las mastica y las traga a palo seco. Sale al balcón. Desde ahí puede ver los vapores de azufre y plomo emergiendo a través del subsuelo. Un paisaje que comulga con su estado de ánimo. El viento cambia de dirección y la niebla venenosa llega hasta la atalaya. El indicador de datos advierte del peligro y la mascarilla filtradora se conecta automáticamente acoplándose a la cara del Expulsante como una segunda piel. Entra en la casa, cierra las puertas y pone en funcionamiento el destilador de aire para eliminar los gases que han entrado. Cuando el ambiente está limpio la mascarilla filtradora se desactiva.


J.P. Tefan

martes, 6 de septiembre de 2016

GAS de VICENTE MUÑOZ ÁLVAREZ (EDICIONES LUPERCALIA)

GAS NATURAL
"Los triunfos, los fracasos, los desengaños… todo gaseoso, efímero, pasajero…todo por la causa: vivir."
Condensar una obra poética que abarca 17 años de escritura (1999-2016) en poco más de 250 páginas se me antoja una labor dificultosa, a la que hay que aplicar el tacto firme del dinamitero, preciso, y sin más contemplaciones que ir a lo esencial e importante: la explosión. Vicente Muñoz Álvarez recoge en esta selección personal la fluidez con la que se ha desenvuelto, a lo largo de todo este tiempo, dentro el ejercicio poético, para ofrecernos un compendio de poemas cuidadosamente elegido, donde el lector podrá reconocer en él a uno de los poetas contemporáneos más importante de este país en la actualidad; no obstante, es imposible entender los extramuros de la literatura de ahora sin lo que a la misma ha aportado el leonés; donde ha ido ideando, para llevar a nuestra realidad, en distintas épocas, fanzines, antologías, recitales y festivales en torno a la poesía, al margen del cambiante poder literario y establecido en cada momento y al que, sin duda, habría de añadirse la particularidad de su poesía, expuesta en libros como: Canciones de la gran deriva, Privado, Parnaso en llamas, Animales perdidos, Días de ruta, y los inéditos, también aquí incluidos: Lobos de mar y Libro de haikus. Todo ello es lo que conforma el estallido de este GAS, en el que intuyo a un magnífico poeta reivindicando una lectura serena y transparente, y es en esa claridad donde no cabe otra luminiscencia que la nitidez, la misma que muchos de nosotros reclamamos a una poesía que quisimos siempre libre; una poesía, por suerte, cada vez menos anegada en la profundidad de los pozos negros.

Gsús Bonilla


lunes, 29 de agosto de 2016

EL MERODEADOR DE VICENTE MUÑOZ ÁLVAREZ

La primera vez que leí “El Merodeador” de Vicente Muñoz Álvarez algo estalló en mi cabeza. En ese libro estaban reflejados mis miedos, mis neuras, mis dudas, mis desengaños, mis incapacidades… Aunque todas esas experiencias eran de Vicente, tuve la impresión de que estaba hablando de mis propios sentimientos. Y es que Vicente consigue transmutarse en el lector que le está leyendo, creando una simbiosis perfecta entre ambos, un baile pactado en el que los bailarines se acoplan con refinamiento y elegancia. Leer este libro fue una experiencia fabulosa que siempre he guardado con especial cariño.
Hace unos meses salió a la venta una nueva edición revisada y con dos capítulos inéditos de “El Merodeador”. Esta vez la editorial no era Baile del Sol, ACVF Editorial se encargaba del asunto. Dicha editorial tuvo la gentileza de hacerme llegar un ejemplar, con el compromiso por mi parte de reseñar el libro. Acepté encantado, pero cuando me iba a poner a releer la historia me acojoné. ¿Y sí ahora no me gustaba? Ya me ha ocurrido otras veces que al repasar obras que recordaba como auténticas genialidades la decepción se hacía evidente en cada página que leía. No quería que pasase eso, más con un libro de alguien que para mí es mentor y amigo. Prefería seguir con la excelente sensación que guardaba de él. Así que fui aplazando la lectura mes tras mes.
Anoche me quité la tontería de encima y me decidí a abrir el libro. Nada más leer la primera página supe que todos mis temores al respecto eran infundados.
Lo devoré en un par de horas y debo decir que esta segunda lectura supera con creces a la inicial. Gana en madurez, en sabiduría, en que todos sus elementos se conjugan para hacerte sentir y emocionarte. ¿Qué más se le puede pedir a la literatura? El disfrute de esta lectura aún está presente mientras escribo estas líneas y sé que seguirá estando ahí durante mucho, mucho tiempo. Enhorabuena bro.


pepe pereza

miércoles, 24 de agosto de 2016

DÍA DE ELECCIONES GENERALES (relato inédito)

Jonás conduce su camión por la N232 con destino Burgos. Es de noche y hay niebla. Por desgracia la carretera va en paralelo al río Ebro. Es un gran inconveniente, porque la niebla nace del río mismo y la visibilidad en las inmediaciones es prácticamente nula. Conducir en ese escenario es un suicidio, pero Jonás se ha comprometido a entregar la carga antes de la medianoche y está obligado a seguir con el viaje. Le quedan doscientos kilómetros por delante, no puede perder ni un minuto.
A la altura de Calahorra, la niebla se vuelve opaca. Tan densa que parece un muro sólido y gris. Jonás reduce a tercera sin quitar la mirada del frente, atento por lo que pueda surgir. Conducir en esas condiciones es un riesgo estúpido e innecesario. Jonás lo sabe. Y aunque no quiere faltar a su palabra y entregar la carga a tiempo, la realidad se impone. Hay un restaurante junto a la carretera. La última vez que paró ahí tenían una tarta de queso que quitaba el sentido. Jonás toma el desvío. El aparcamiento está vacío, así que estaciona en la zona más cercana al local. Descansará un poco y de paso cenará. Con suerte la niebla se habrá despejado cuando vuelva a ponerse en marcha. Jonás se apea del camión. Hace frío y la humedad se mete en los huesos. Se abotona la cazadora y se asegura de que todas las puertas del vehículo quedan bien cerradas.
El restaurante está tan vacío como el aparcamiento. Por no haber, no hay nadie detrás de la barra. El único rastro de vida, si se le puede llamar así, es el televisor encendido que cuelga de una repisa. En la pantalla, un periodista informa sobre cómo van los resultados de las votaciones. Hoy se han llevado a cabo las elecciones generales. Jonás no ha ido a votar. Él cree que los políticos actuales son una panda de ladrones que solo piensan en el beneficio propio, así que para qué molestarse. Se quita la cazadora y se acomoda en uno de los taburetes que están junto a la barra esperando a que aparezca el camarero. Mientras, aprovecha para hacer una llamada con su móvil.
-Soy yo… Mal… He tenido que parar por la niebla… Te aseguro que es como ir con una venda en los ojos… No, no tengo ni idea de cuánto va a durar esto…  A unos ciento cincuenta kilómetros… ¿Y qué quieres que yo le haga?... No… Intentaré llegar a tiempo, pero no te aseguro nada… Ok, nos vemos.
Jonás busca a alguien que le pueda atender.
-¿A quién se la tengo que chupar para que me sirvan una cerveza?-dice levantando la voz.
Se escucha el ruido de una cisterna. Seguidamente se abre la puerta de uno de los baños y sale un hombre delgado con la piel amarillenta. El tipo se cuela detrás de la barra sin mediar palabra. La última vez que Jonás estuvo en el restaurante lo atendía una joven guapa y simpática, nada que ver con el individuo de aspecto enfermizo que ahora está al cargo.
-¿Qué va a tomar?
-Una cerveza sin alcohol y algo caliente para comer.
-Ahí está la carta. Escoja lo que más le guste.
Jonás lee el menú. Realmente no tiene hambre, pero sabe que si no cena ahora es posible que no lo haga en toda la noche.
-Quiero el número ocho, pero en vez de pimientos me pones doble ración de patatas fritas.
-¿Algo más?
-Eso es todo, por ahora.
El camarero entra en la cocina. Jonás se gira hacia el ventanal que da al aparcamiento. Da la impresión de que los cristales estuvieran ahumados, pero no, es la niebla que sigue ahí como un muro de humo que lo encierra todo. Apenas se puede distinguir el contorno del camión. Jonás bebe un trago de cerveza y la escupe de inmediato.
-¡Maldita sea!
La bebida tiene un sabor extraño. Aparta el vaso a un lado y se limpia la lengua con una servilleta de papel.
-¡Jefe!
El camarero asoma la cabeza por la puerta de la cocina.
-¿Sí?
-Te he pedido cerveza, no meaos.
-¿Disculpe?
-Digo que esa mierda está podrida. He bebido un trago y de poco me enveneno.
-Ahora mismo le pongo otra.
El camarero retira la bebida en mal estado y la sustituye por otra. Luego regresa a la cocina. Jonás huele la cerveza antes de probarla, cuando está seguro de que no se va a llevar otra sorpresa, bebe. En el televisor anuncian a bombo y platillo los resultados definitivos de las votaciones. Como era de esperar han ganado los de siempre. Jonás no sabe de política, y por mucho que se quiebra la cabeza no logra entender que unos ciudadanos que son robados vilmente por sus gobernantes sigan dando sus votos a esos mismos gobernantes. Es de locos, sin embargo acaba de ocurrir. Jonás brinda por ello. Si el país entero quiere convertirse en una cueva de ladrones, quién es él para impedirlo.
            Al rato, el camarero sale de la cocina con la comida.
-¿Le sirvo en la barra o prefiere comer en una de las mesas?
-Prefiero esa mesa de ahí.
Jonás le señala la mesa que está junto al ventanal que da al aparcamiento. El camarero deja el plato sobre la mesa elegida. Jonás toma asiento. El filete con patatas tiene buena pinta. Arremete contra la carne y se lleva un buen trozo a la boca. Está tierna y en su punto exacto de sal. Las patatas que lo acompañan también están exquisitas.
-Jefe, esto está de puta madre. Mis felicitaciones al cocinero.
El camarero levanta el pulgar, pero lo hace sin ningún entusiasmo. Jonás devora la comida. Toda la inapetencia que sentía hace unos minutos ha desaparecido, de repente tiene tanta hambre que se comería un caballo entero. Por su parte, el camarero se apoya en una de las cámaras frigoríficas y con el mando a distancia va cambiando de canal. En todas las cadenas están con el tema de las elecciones. Finalmente desiste, deja el mando donde estaba y desaparece detrás de la puerta de la cocina. Jonás apura el vaso de cerveza.
-Jefe.
El camarero sale de la cocina expulsando una bocanada de humo por la boca. Jonás le muestra el vaso vacío. El camarero coge un nuevo botellín de cerveza sin alcohol, lo vierte en un vaso y se lo acerca a Jonás.
-¿Algo más?
-Cuando acabe con esto necesitaré un café muy cargado, pero no hay prisa.
-Entonces, esperaré a que termine.
Jonás señala con el tenedor hacia la niebla que se ve por la ventana.
-¿Esto es normal por aquí?
-En estas fechas, sí.
-¿Tardará mucho en escampar?
-Quién sabe. Ayer estuvo así durante toda la noche.
Jonás tuerce el gesto. No le gusta lo que acaba de escuchar. El camarero regresa a la cocina a terminar el cigarro que ha dejado a medias. Jonás mira con preocupación por la ventana. Sabe que su camión está aparcado a unos pocos metros, aunque debido a la niebla le es imposible distinguirlo. La niebla en lugar de disiparse lo que está haciendo es ganar en solidez. Desde donde está Jonás parece que algo la estuviera comprimiendo contra el cristal de la ventana. La cosa está mal y tiene pinta de ir a peor. No tenía que haber parado, se dice a sí mismo mientras mastica un pedazo de carne.
Jonás acaba de comer y retira el plato a un lado de la mesa. Eructa con satisfacción. A pesar del fastidio de la niebla, reconoce que la cena ha merecido la pena.
-Jefe ¿Qué hay de ese café?
El camarero sale de la cocina y va directamente donde está la cafetera.
-Recuerda que lo quiero con extra de cafeína-dice hurgándose entre los dientes con un palillo.
El camarero empieza a cansarse de las exigencias de Jonás, pero dado que es su único cliente opta por seguir haciendo su trabajo procurando no enfadarse. Una vez que la cafetera ha vertido el líquido negro dentro de la taza, el camarero la acompaña de un plato, una cucharilla y un sobre de azúcar y lleva todo el conjunto a la mesa de Jonás.
-¿Con el doble de cafeína?
El camarero asiente resignado.
-Necesitaré otro sobre de azúcar.
El camarero se dirige a la barra y desde ahí lanza a Jonás el sobre de azúcar. Éste lo atrapa al vuelo. En el televisor el presidente electo saluda a sus fieles desde el balcón de la sede del partido. Es bien sabido que esa sede que ha sido pagada con dinero negro, es de dominio público, sin embargo la multitud que jalea a su líder con un entusiasmo que roza el fanatismo parece que se ha olvidado de ese detalle. Jonás no logra comprenderlo, por mucho que se esfuerza sus neuronas no consiguen encontrarle lógica.
-Jefe, quita esa mierda y busca algo que se pueda ver.
-En todas las cadenas están con lo mismo.
-Pues, no sé, quita la tele y pon música.
-A mí me interesa lo que están diciendo.
Por un momento mantienen un duelo de miradas. Hasta que el camarero vuelve a girarse para seguir viendo la tele. Jonás echa los dos sobres de azúcar en la taza de café y le da vueltas con la cucharilla. Mira por la ventana, pero es como mirar a una pared de hormigón.
-Puta niebla de los cojones.
Al camarero se le escapa una pequeña sonrisa. Saber que su cliente está en apuros por culpa de la niebla le produce una agradable sensación. Jonás se levanta de la silla y entra en los servicios.
Cuando está sentado en la taza del váter suena su móvil.
-        Dime… Sigo aquí, parado… Ahora mismo es imposible conducir… No te preocupes, en cuanto pueda me echo a la carretera… Vale… Ok, nos vemos.
Deja el móvil en el bolsillo de su pantalón y se concentra en vaciar sus tripas.
            Cuando Jonás sale de los servicios se encuentra con el restaurante en pleno ajetreo. Ha parado un autobús en la misma entrada y hay una docena de personas repartidas por todo el local. Si no fuera por la decoración y por la cara enfermiza del camarero, Jonás diría que se encuentra en un garito diferente al que estaba. Desde ahí observa cómo el camarero va de un lado a otro de la barra atendiendo a los viajeros. Al fondo, está el conductor del autobús, reconocible en todo momento por su uniforme de empresa. Jonás se acerca hasta él.
-¿De dónde venís?
-De Valladolid.
-¿Cómo estaba la carretera? ¿Había niebla?
-Desde el Puerto de la Pedraja hasta aquí hemos tenido niebla cerrada durante todo el camino.
-Entonces, no me aconsejas salir ahora.
-Nosotros hemos llegado vivos de milagro. Pensaba que no lo contábamos. Yo no pienso mover el autobús de aquí hasta que se vaya la niebla.
-El camarero me ha dicho que ayer estuvo así durante toda la noche.
-Me da lo mismo, como si se tira toda la semana. No vuelvo a la carretera en estas condiciones ni de coña.
Jonás le agradece la información y vuelve a ocupar su mesa. Su café se ha enfriado. Hace amago de pedir otro, pero el camarero está demasiado ocupado. En el televisor el presidente elegido democráticamente por su pueblo habla de un futuro lleno de luz y esperanza. Jonás mira por la ventana y lo único que ve es niebla.

pepe pereza

viernes, 19 de agosto de 2016

SE RUEGA SILENCIO EN ALEMANIA DE LA MANO DE JOSÉ MALVÍS

Durante varios días he tenido la oportunidad de sentarme en este banco en un pueblecito de Alemania. En él, he recorrido las letras de dos novelas magníficas y un ensayo enriquecedor. Hoy se me han acabado. Sin embargo, quería compartir esta foto para dejar testimonio de mis desayunos de café y cigarrillos acompañado por estos autores. Ellos podrán decir (si es que no ha sucedido ya) que los han leído en Alemania.
Muy recomendables los 3 títulos, por cierto.
(LA ESPAÑA VACÍA, AUTOPSIA Y SE RUEGA SILENCIO).

José Malvís


miércoles, 10 de agosto de 2016

EL MERODEADOR de VICENTE MUÑOZ ÁLVAREZ

miércoles, 3 de agosto de 2016

MI RELATO EN VINALIA TRIPPERS Nº 14

LUZ Y OSCURIDAD
El sótano estaba a oscuras. De esa forma podía concentrarse y reflexionar sin distracciones innecesarias. Privado de luz era capaz de analizar sus pensamientos y los actos más recientes adquirían relevancia y significado. En todo caso sujetaba una linterna que encendía y apagaba caprichosamente. Él estaba sentado en el suelo en posición fetal. Llevaba así desde hacía rato. Debido a ello, empezó a tener calambres en las piernas flexionadas. Cambió de postura y encendió la linterna. En el techo, dentro del círculo iluminado, aparecieron unas manchas de color rojo intenso. Dejó de apuntar al techado y desvió el foco hacia la mano que tenía libre. En la piel: restos del mismo color. Observó las salpicaduras de su mano durante unos segundos antes de volver a dejar el sótano a oscuras. Pasar de la luz a la oscuridad era como viajar de un planeta a otro. Dos mundos completamente diferentes ocupando un mismo espacio. Al igual que el bien y el mal se avienen a compartir un solo ente. Pensó en ello y se dio cuenta de que, tanto en un caso como en el otro, los extremos se complementan y la existencia de cada cual es sustentada por el contrario. Se sintió satisfecho por haber encontrado un paralelismo entre ambos conceptos. Encendió la linterna y apuntó directamente a un cadáver que estaba tirado en el suelo cubierto con un plástico. A pesar del envoltorio se podía apreciar el cuerpo ensangrentado de una niña que aún no había alcanzado la adolescencia. Apagó la linterna. Por si no fuera suficiente con la oscuridad del sótano, cerró los ojos y permaneció con ellos cerrados. Llevaba toda la noche en vela y estuvo a punto de quedarse dormido. Entonces, una voz femenina resonó por toda la habitación, sacándole del sopor. Encendió la linterna y dirigió el foco al altavoz que estaba colgado de la pared, como si quisiera ver las palabras que salían de él.
—John, cariño, ¿sigues ahí?
—¿Qué pasa?
—Es Paul. Está al teléfono. Dice que es importante.
—Pásamelo.
John se apartó del micrófono para alcanzar el teléfono. Apagó la linterna y esperó a que la voz de Paul llegase a sus oídos.
—John, siento molestarte.
—Paul, amigo. ¿Qué te preocupa?
—¿Has leído la prensa de hoy?
—No he tenido tiempo. ¿Qué dice?
—Se trata de ese malnacido de Manson. Ahora va diciendo que se inspiró en Helter Skelter para cometer sus crímenes.
John soltó una carcajada.
—No tiene gracia, John. Por culpa de esos trastornados Helter Skelter será recordada como la banda sonora de sus asesinatos.
—Exageras. Dentro de unas semanas nadie se acordará ni de Manson ni de sus secuaces. Sin embargo, nuestra música seguirá escuchándose.
—Han matado a seis personas. Entre ellas, una actriz famosa que, además, estaba embarazada. John, te equivocas. Esto no se va a olvidar tan rápidamente como tú piensas.
—Sinceramente, creo que sobrevaloras a esa gentuza.
—Quizás deberíamos dar una rueda de prensa para desvincularnos de todo esto.
—Ni se te ocurra. Cuanta más leña eches al fuego, más arderá. Lo mejor es no hacer nada. ¿Has hablado con los demás?
—Aún no.
—Mejor. No les digas nada. No hagas nada. Créeme, es lo más inteligente.
—No sé… tal vez tengas razón.
—Claro que la tengo…
Ambos siguieron hablando durante unos minutos, hasta que John consiguió convencer a su amigo de que dejase las cosas como estaban. Paul siempre se agobiaba por cualquier tontería. Menos mal que estaba él para poner un poco de calma y sensatez. No obstante, Paul tenía razón en una cosa: el asunto no se iba a olvidar fácilmente. Maldijo a Manson. El tipo tenía cara de rata. Eso fue lo que pensó cuando lo vio fotografiado por primera vez en los periódicos. Se sentó en el suelo y apoyó la espalda contra la pared. Permaneció en esa postura a oscuras. Le dolía el cuello. Movió la cabeza de izquierda a derecha y de delante hacia atrás. Para finalizar el estiramiento, la hizo girar trescientos sesenta grados en el sentido contrario a las agujas de un reloj. Encendió la linterna e iluminó el cadáver. Al pasar la luz sobre el plástico, se crearon extraños destellos que fueron proyectados sobre la pared de enfrente. Aunque hacía más de diez horas que había consumido ácido, los brillos potenciaron los últimos resquicios de droga que aún circulaban por sus venas y, por un momento, quedó fascinado por las emisiones lumínicas. Movió la luz de la linterna por encima del plástico para que los reflejos fueran cambiando sobre el tabique. Cuando se aburrió del espectáculo, cerró los ojos y aplicó la lente de la linterna directamente sobre uno de los párpados. La luz atravesó la fina membrana de carne y llegó a la pupila en forma de fogonazo. Apagó la linterna y la apartó de su cara. Aun así, un calidoscopio de fosforescencias sobrevivió dentro del ojo durante un breve periodo de tiempo. De pronto se sintió muy cansado. Iluminó el panel de mandos con la linterna. Presionó uno de los botones y acercó sus labios al micrófono para hablar:
—Yoko… Yoko… ¿estás ahí?
—Sí, dime.
—Ya puedes avisar a esa gente para que vengan a limpiar el sótano y se lleven… bueno, ya sabes.
—Los llamo ahora mismo.
—Gracias, cariño.
Era hora de abandonar el sótano y dormir un poco. John apagó la linterna y buscó a tientas el interruptor de la luz.



pepe pereza para Vinalia Trippers

jueves, 21 de julio de 2016

PRÓXIMAMENTE

LINCOLN en el bardo
ON SALE FEBRUARY 14, 2017 A LA VENTA 14 DE FEBRERO DE 2017
PRE-ORDER THE BOOK Amazon Barnes & Noble Indiebound PRE-ordenar el libro Amazon Barnes & Noble IndieBound
PRE-ORDER THE eBOOK Kindle Nook iBookstore ORDEN PRE-El libro electrónico Kindle Nook iBookstore

En su esperada primera novela, el maestro estadounidense George Saunders entrega su más original y trascendente trabajo. Que se desarrolla en un cementerio, en el transcurso de una sola noche.


miércoles, 20 de julio de 2016

ROCKDELUX - ENTREVISTA A DONALD RAY POLLOCK - FEBRERO 2013

ENTREVISTA (2013)
DONALD RAY POLLOCK
La vida era esto
Por Kiko Amat

Donald Ray Pollock erige en sus libros una Gran Verdad mediante fragmentos naufragados de su vida, poniendo sus entrañas extirpadas a secar y recubriéndolas de imaginación. Su debut de 2008, “Knockemstiff”, fue una colección enhebrada de emotivas historias lumpen sobre su antiguo pueblo. Tres años después, mezcló novela negra con monstruosidad y crueldad sureñas, estigmas sangrantes, redención y un impresionante retablo con lo peor y mejor de cada casa en “El diablo a todas horas”. Kiko Amat lo entrevistó a propósito de la edición del libro en España en 2012.
John Fante lo definió como La Verdad. “No quiero decir realidad autobiográfica”, decía al intentar describirla. “Es otra cosa. No sé cómo llamarla, pero es distinta de la autobiografía, y a la vez muy similar a ella”. Es difícil hablar de La Verdad; o la entiendes y eres capaz de distinguirla, o no. Pues esa verdad emocional existe, y le salta a uno a los ojos, uñas en ristre, al leer a determinados autores. Es esa narrativa llena de salvaje honestidad, confesión, compasión, brutalidad y humor, escrita en un lenguaje limpio, duro y hermoso, sin fingimiento, pomposidad ni afectación. Que se niega a guardar silencio –como decía el prólogo a “Fragmentos de un cuaderno manchado de vino” (2008), de Bukowski– “acerca de quienes más sufrían: los castigados, los pobres, los locos, los parados, los vagabundos en los callejones de mala muerte, los alcohólicos, los inadaptados, los niños maltratados, la clase obrera (...) Los agonizantes flacos y orgullosos”. Donald Ray Pollock (Knockemstiff, Ohio, 1954) posee la fuerza de la verdad, la que uno se arranca de las propias vísceras y anuda en eslabones de ficción, y esta vez, en “El diablo a todas horas” (2011; Libros del Silencio, 2012), la ha puesto al servicio de una adictiva, violenta y auténticamente emotiva historia sobre obsesión, fanatismo y sangre fácil en el Medio Oeste norteamericano.
“Mientras escribía los cuentos que figuran en mi primer libro permanecí fiel a ciertas cosas, especialmente a la pobreza y a la reputación de lugar duro que tenía mi pueblo, así que el lugar resultó mucho más ‘real’ para mí de lo que habría sido si todo hubiese sido inventado”

Harry Crews decía: “Me sedujo el crear mundos que nunca habían existido, pero también el enhebrar una sarta de mentiras que (...) terminaba siendo mucho más verdadera que lo que me había sucedido en la vida real”. ¿Podría eso aplicarse a tus obras? Cualquier escritor puede explicar el proceso creativo mejor que yo. Creo que cuando escribo entro en un mundo de sueños, pero, al igual que en los sueños, todo está influenciado por lo que ha pasado en mi vida. Mientras escribía los cuentos que figuran en mi primer libro –“Knockemstiff” (2008; Libros del Silencio, 2011)– permanecí fiel a ciertas cosas, especialmente a la pobreza y a la reputación de lugar duro que tenía mi pueblo, así que el lugar resultó mucho más “real” para mí de lo que habría sido si todo hubiese sido inventado. En otras palabras, el libro tenía unos cimientos basados en la realidad, y alrededor de ella construí, como dijo Crews, “una sarta de mentiras”.

Crews también dijo que “la mejor narrativa casi siempre va de lo mismo: gente haciéndolo lo mejor que puede con lo que les ha tocado en suerte, a veces actuando con honor, a veces no. A veces con amor y compasión y misericordia, a veces no”Creo que la mayoría de mis personajes encajan en esa descripción, pero probablemente la gran mayoría de personas en el planeta también lo hagan.

Al igual que Nelson Algren, Crews, Malcolm Braly o Edward Bunker, hablas de los del fondo del cubo, pero lo haces con completa empatía. Incluso les tienes estima a los más pérfidos. Solo hay un personaje en “El diablo a todas horas” que me cae algo mal y es Teagardin, el predicador pedófilo. Me sería extremadamente difícil, quizá imposible, escribir largo y tendido sobre personajes que siempre me cayeran gordos. Cuanto menos, siento simpatía por los que terminan siendo malos, porque, después de todo, yo los hice de esa manera.

Owen Jones, en su “Chavs: La demonización de la clase obrera” (2011; Capitán Swing, 2012), afirma que los orígenes opulentos quizá no te impidan sentir empatía hacia los desfavorecidos por el sistema, pero desde luego sí dificultan tu comprensión de lo que piensan y las condiciones en que viven. Supongo que la razón por que entiendes tan bien a tus personajes es que eres como ellos. Bueno, sin duda me crié en un ambiente de clase trabajadora. Mi padre apenas terminó el octavo grado (el equivalente a 2º de ESO) y luego trabajó cuarenta y dos años en una fábrica de papel. Tuvo la suerte de que era un empleo sindicado. Sacó algo de dinero y gozaba de seguro de salud y, por eso, aunque mi familia tal vez se habría definido a sí misma como clase media-baja, éramos ricos en comparación con algunos de los chicos con que crecí.

Escapar del entorno es la médula espinal de “Knockemstiff”, y en “El diablo a todas horas” también hay sueños de fuga. ¿Era escapar de tu destino el pensamiento dominante de tus años obreros? ¿Hay alguien que quiera permanecer en Ohio? En primer lugar, no creo que Ohio, aunque ciertamente no es un lugar atractivo ni glamouroso donde vivir, tenga gran cosa que ver con eso. Estoy seguro de que un montón de gente desearía escapar de la ciudad en España donde se crió, o de un mal matrimonio en Tokio, o de un pésimo trabajo en San Francisco. Ohio solo es el único lugar que conozco de verdad, por lo menos lo suficiente para escribir sobre él. Es cierto que el pensamiento primordial de mis años en la fábrica de papel era la fuga, pero es que igualmente siempre he sido el tipo de persona que piensa que sería más feliz viviendo en otro lugar. Me tomó mucho tiempo darme cuenta de que no era el caso.

La redención es el epicentro de este libro. Hay un montón de esperanza y necesidad de salvación. Les ofreces algo que no ofreciste a los personajes de “Knockemstiff”: la oportunidad de una vida mejor y un futuro más brillante. Si he de serte sincero, lo que sucede es que cuando escribí “El diablo a todas horas” pensé más en el lector, y sé que a la gente le gusta encontrar al menos un atisbo de esperanza o de optimismo al final de un libro. Cuando escribí las historias de “Knockemstiff” no tuve en cuenta al público en absoluto, porque no creía que jamás fuese a publicar lo que escribía. ¿Hace eso que “El diablo...” sea un libro menos honesto? No lo creo. En todo caso, el lector se convierte en otra influencia de la narración.
Recientemente entrevisté a Steve Earle por “No saldré vivo de este mundo” (2011; Alpha Decay, 2012) y me dijo que los novelistas tienen que ser responsables, mostrar los aspectos positivos de las personas, no solo la oscuridad. ¿Es algo que suscribes? Bueno, estoy bastante de acuerdo con eso, pero tengo que admitir que no creo demasiado en cosas como la “responsabilidad del novelista”. Pienso que si el escritor se esfuerza para escribir la historia con honestidad, todo, bondad y oscuridad, acabarán mostrándose, al menos hasta cierto punto.

Algunos críticos cursis describen tu trabajo como “pornográfico”, sugiriendo que es cínico mostrar solo los actos más horribles imaginables y las más bajas intenciones. Yo diría lo contrario: tu novela está llena de esperanza, porque la moraleja es que, incluso en Meade, rodeada de lo peor, la gente logra actuar con bondad. No escribo cuentos de hadas. Seamos realistas: aunque la mayoría de las personas suelen ser amables y cariñosas, unas cuantas son malas. Por añadidura, si alguien piensa que mi trabajo solo muestra “los actos más horribles imaginables”, es que no se han puesto al día de la actualidad. Mis personajes ni siquiera se acercan a lo que los seres humanos son verdaderamente capaces de hacer en términos de las “más bajas intenciones”. Las cosas que escribo son ligeras en comparación con, por ejemplo, la masacre de veinte niños en una escuela de Connecticut hace poco.

Por la misma razón, en tu última novela se aplica castigo. A pesar de que los inocentes se ven perjudicados, los malvados no se van de rositas. La gente debe responsabilizarse de sus crímenes, y creo que, en última instancia, la gente mala paga por sus pecados. No quiero ni pensar lo que el mundo sería si eso no fuese cierto. El castigo quizá no sea siempre la cárcel o la silla eléctrica o algún tipo de infierno en el más allá, pero al menos que anden con las almas podridas y nunca encuentren la paz.

Los finales relativamente agradables son tan fieles a la realidad como los malos finales. La vida real es una mezcla de los dos, ¿no te parece? Considera la cantidad de historias reales que tienen lugar en el mundo, todos los días. Hay miles de millones de ellas. Algunas personas son bendecidas y otras no; siempre ha sido así. La vida no sería tan dulce si a todo el mundo se le asegurara un final feliz.
Te voy a preguntar algo que también le pregunté a Earle: si, como Studs Terkel dijo, “la diferencia entre intérprete y artista es la afirmación del yo, el Aquí Estoy”, ¿cuánto de ti hay en “El diablo a todas horas”? ¿O quizá hay un poco de ti en cada personaje? (esperemos que no en Teagardin). Por supuesto. Incluso en Teagardin, joder. En el momento en que piensa en sentar cabeza en una vieja granja, y fantasea sobre sus hijos jugando en el patio al atardecer mientras él lee buenos libros en el porche... Eso es un pequeño pedazo de mí.

Venganza, secretos y culpa en “El diablo a todas horas”. Hay abundancia de las tres. Bueno, la narrativa debe ofrecer conflictos para ser interesante y, como he dicho antes, no escribo cuentos de hadas. Muy pocos de nosotros somos santos. En algún momento la mayoría de la gente ha fantaseado con vengarse de alguien, ¿no? Si retirásemos las complicaciones, secretos, culpa, lujuria, venganza... la mayoría de historias no merecerían ser leídas.

Se te compara con frecuencia a Cormac McCarthy, pero para mí “El diablo a todas horas” es una mezcla de Harry Crews, “Malas tierras” (Terrence Malick, 1973) y cualquier canción de Drive-By Truckers. Y el humor negro de Flannery O’Connor. Me influencian muchas cosas, incluyendo música y películas, o incluso algo que escucho por casualidad en la gasolinera. Me avergüenza que la gente me compare con Flannery O'Connor, ¡especialmente por ella! Sin embargo, McCarthy dijo una vez: “Los libros se hacen de libros”. Me parezco a otros autores, sin duda.

Última pregunta: ¿has visto alguna vez morir de forma violenta a un hombre? No violentamente. He visto a dos de mis amigos morir, pero ambos padecían cáncer. Odio decirlo, pero una muerte violenta habría sido mejor.