viernes, 24 de marzo de 2017

RELATO INÉDITO

UNA TARDE DE INVIERNO
Espera pacientemente delante de la cazuela hasta que el agua empieza a cocer y la primera almeja abre la concha. De seguido, las otras la emulan haciendo lo propio en una coreografía que parece ensayada de antemano. Es un espectáculo que siempre le gusta contemplar. Baja el fuego al mínimo y sale de la cocina para ir al salón. Se sienta en el sillón frente a la mesa camilla, se arropa las piernas con la faldilla y enchufa el brasero eléctrico. Mientras lía un cigarro cavila en sus cosas. Un conjunto de pensamientos que pasan por su cabeza  como moscas que vuelan por una habitación, sin dejar huella. Acaba el pitillo y lo prende. En el reloj marcan las quince y diez minutos. Desde que se jubiló se ha abandonado al horario nocturno y alarga las horas de madrugada viendo cualquier cosa que pongan en el televisor. En consecuencia se levanta bastante tarde. Apoya las alpargatas sobre la chapa del brasero y deja que el calor le suba por los pies. Anoche escuchó en el parte meteorológico que iban a bajar las temperaturas y que era posible que a lo largo del día nevase. No le gusta nada que tenga que ver con el frío, la nieve, en especial, le repugna. La fobia le viene de su juventud, concretamente desde el servicio militar. Estuvo durante todo un año destinado en un cuartel ubicado en la cima de un monte que colindaba con Los Picos de Europa. Allí las ventiscas y las tormentas de nieve estaban a la orden del día. Nada más llegar se fijó que el cuartel estaba custodiado por cuatro puestos de guardia y que a una de las garitas le faltaba parte de una pared. Era como si hubieran hecho un agujero con un ariete. Preguntó qué había pasado y le dijeron que un soldado de Canarias se quedó dormido mientras hacia la guardia. Aquella noche debió ser muy fría porque al ir hacer el relevo vieron que el chaval se había congelado. Como es natural el cuerpo quedó rígido, con el cetme firmemente aferrado en las manos. Debido a su postura final, cuando intentaron sacarlo no había forma de hacerle pasar por la puerta, así que tuvieron que tirar la pared. A partir del incidente no volvieron a mandar gente del sur a aquel destino. Él, siendo del norte, no consiguió acostumbrarse a aquellas gélidas temperaturas. De hecho, sostiene la teoría que estando allí el frío se le metió en el cuerpo y después de varias décadas aún lo lleva encima. Unos ruidos en el piso de arriba le traen de vuelta al salón. Son los chavales del matrimonio que vive encima, que están correteando por la casa.
-¡Malditos bastardos!
Apaga el pitillo en el cenicero y se levanta para ir a la cocina. Por experiencia sabe que el tiempo que tarda en fumarse el cigarro es el justo para que el arroz esté en su punto. No se molesta en usar un plato, comerá directamente de la cazuela. Antes aparta media pastilla de Sintrom y la deja junto a un vaso de agua.
            Después de comer suele sentarse a leer, pero no sabe dónde ha dejado las gafas de cerca. Las ha buscado por todas partes y no las encuentra. Conecta el televisor. Con el mando a distancia hace un repaso por todos los canales. No encuentra nada interesante. Aunque se ha levantado tarde, con el calor del brasero, poco a poco, se va quedando traspuesto. Cierra los ojos y apoya la barbilla en el pecho. Empieza soñando con cosas raras e incoherentes, sugeridas en gran parte por lo que dicen en la televisión. Luego sueña con su difunta esposa. Vístete para ir a misa, le dice. Él se despierta sobresaltado y hace amago de levantarse para ir a ponerse el traje, pero se da cuenta que todo ha sido un sueño y que su mujer hace años que está enterrada en el cementerio. La verdad es que no la echa de menos. Era excesivamente religiosa, con una fe que rozaba el fanatismo. Solo pensaba en rezar e ir a comulgar. Todo el día tenía a Dios y a los Diez Mandamientos en la boca. Nunca estaba dispuesta a divertirse y cuando él le proponía algo de sexo siempre eludía el asunto excusándose en sus dolores de cabeza. De no haber sido por las prostitutas que solía frecuentar, su vida sexual hubiera sido inexistente. Se pregunta si después de tantos rezos y vigilias ella consiguió un sitio en su ansiado Cielo. Aunque, él está convencido de que una vez que te mueres todo se acaba, eres pasto de los gusanos y nada más. A ver si un día se acuerda de pasar por el cementerio y le lleva unas flores. En la pantalla un cocodrilo gigantesco asesta un mordisco a un ñu que se ha acercado a una charca a beber. El leviatán lo arrastra a las profundidades. Eso le recuerda que mañana tiene que acercarse al mercado a comprar carne picada. Pero no lo hará en la carnicería de siempre. La última vez que estuvo allí no le gustó lo que le vendieron. Les pidió un filete de buena calidad. Conste que se lo dijo: Póngame un filete que sea de primera. Pero en cuanto la carne estuvo sobre la sartén empezó a soltar agua. Señal de que el animal estaba vacunado con hormonas de crecimiento y otras mierdas. Jamás volverá a comprar en esa carnicería. Lo hará en la que regenta la joven simpática de mofletes colorados. La chica parece honrada. Seguro que ella sí agradecerá tenerle de cliente. Alcanza la bolsa de tabaco para liarse otro pitillo. En la última visita al médico le dijeron que no fumase tanto. ¡Tonterías! Lleva toda la vida llenándose los pulmones de humo y no va a parar ahora. Llaman al timbre de la puerta. Con la televisión encendida tarda en oírlo. Deja el cigarro en el cenicero y se levanta de mala gana. Arrastra las alpargatas hasta el portero automático y contesta por el telefonillo.
-¿Quién llama?
-Correo comercial ¿Me abre, por favor?
-Búsquese un trabajo como es debido y deje de molestar a la gente.
¿Quién se creen que son para llamar a su puerta? ¿Acaso él va llamando a la puerta de los demás? Debería darles vergüenza. Hace rato que algo le molesta en las encías. Entra en el baño y se quita la dentadura superior. Un grano de arroz ha quedado adherido en la prótesis. La pone bajo el grifo. Una vez limpia vuelve a encajársela en la boca. Al mirarse en el espejo ve que las gafas que ha estado buscando están sobre su cabeza. En el piso de arriba los niños siguen echando carreras y sus pisadas resuenan por todo el pasillo. Esos malnacidos se pasan el día metiendo ruido. ¿Y qué hacen sus padres? Nada. Cuando su hermano y él eran pequeños, su madre nunca hubiera permitido que armasen semejante escándalo. De pronto, retrocede hasta la niñez. Se ve en el pasillo de la vieja casona, discutiendo con su hermano por un camión de latón pintado de rojo y amarillo. Un regalo que recibieron de parte de los abuelos maternos y que ambos hermanos estaban obligados a compartir. Aquel camión fue motivo de grandes riñas y peleas, hasta que un día desapareció misteriosamente. Tanto su hermano como él siempre sospecharon que la causante de la desaparición fue su madre, que cansada de tanta bronca se deshizo del juguete para poner paz entre ellos. Al entrar en el salón ve por la ventana que está nevando. Frunce el ceño. Como le dé por helar no podrá salir de casa. Correría el riesgo de resbalarse. ¿Y qué sería de él con la cadera rota o una pierna escayolada? ¿Cómo se las arreglaría? Abajo, un grupo de niños están jugando. Se han divididos en dos equipos y se enfrentan arrojándose bolas de nieve. Con esa edad están inmunizados contra el frío y las enfermedades que derivan de él, no hay riego de caídas ni de resbalones. Solo juego y diversión. Deja la ventana y va a sentarse. Menos mal que tiene el brasero, de no ser por el aparato se le congelarían los pies. Con su paga no puede permitirse encender la calefacción. En la pantalla los cocodrilos aguardan pacientemente sumergidos en aguas poco profundas, por su parte los ñus se debaten entre el miedo a acercarse a la orilla y la sed que tienen. Cambia de canal: Bazofia, bazofia, bazofia, publicidad, publicidad, más bazofia… Está harto. Apaga la televisión. Ya que ha encontrado las gafas se plantea retomar la lectura del libro que tiene a medias, pero casi ha anochecido y no le apetece encender la luz. Ya leerá en otro momento. Pasea su mirada de manera distraída por la habitación, buscando con qué distraerse. Suspira con resignación. Está aburrido. El aburrimiento es algo inherente a su persona y entorno. Le acompaña desde hace tanto tiempo que ya no le afecta, es algo que está ahí, como lo puede estar la mesa camilla o el sillón donde se sienta. Una ráfaga de viento impulsa los copos contra el cristal de la ventana. En el alfeizar la nieve empieza a acumularse. Seguro que los tejados y las copas de los árboles ya están cubiertos de una gruesa capa. Hace amago de levantarse pero se lo piensa mejor y se queda sentado, disfrutando de uno de los pocos placeres que puede permitirse: el calor del brasero que le sube por los pies. Menos es nada.

pepe pereza

sábado, 18 de marzo de 2017

LOS CUADERNOS NEGROS de CARLOS SALCEDO ODKLAS

Las sucursales bancarias eran lugares tranquilos, limpios y civilizados, nada permitía adivinar los abusos y atrocidades que se cometían en el interior de sus paredes. Los clientes guardaban cola de forma ordenada y cortés, en silencio, observando sus teléfonos móviles en busca de algún comunicado intrascendente que los alejase de la realidad. Eran un rebaño manso, bien enseñado. De vez en cuando aparecía algún directivo de rostro reptiliano enfundado en su brillante traje, serpenteando de una oficina a otra sin mirar ni a plebe ni a subordinados. 

La cola avanzaba lentamente. La gente, a medida que se aproximaba a la ventanilla, manoseaba su dinero a escondidas mientras echaba cuentas mentalmente, trazando complicados logaritmos, para evaluar el estado de su bienestar. Los carteles situados de forma estratégica en las paredes prometían sueños al alcance de todo el mundo a través de la esmaltada sonrisa artificial del deportista de élite de turno (que por esa sesión de fotos había cobrado más que el jornal anual de todos los presentes). 
«Nuestro objetivo es tu bienestar. Nuestra experiencia tu confianza»
Alex empezó a sentir una enorme angustia interior y un sofoco generalizado de su cuerpo. Procuró relajarse, respirar de forma controlada y fijar su mirada en el peinado de la señora de avanzada edad que tenía delante. Una señora menuda, con cuerpo en forma de botijo, el pelo estropajoso a causa de décadas de potingues, con hijos, con nietos, trabajadora, pensionista, marchita, estafada.
«Ayudarte es nuestro privilegio. En nuestras manos tu tranquilidad está asegurada»
La ansiedad envolvía rápidamente a nuestro héroe silencioso, unas espesas gotas de sudor resbalaban por su frente a la par que su cuerpo se hallaba bombardeado por multitud de pequeños espasmos. 
La cola avanzó otro puesto por lo que tanto él como la señora pudieron dar un par de tímidos pasos hacia adelante. Se observó los pies mientras lo hacía. Derecha, izquierda, derecha. Volvió a detenerse. La señora suspiro, quizás consciente de alguna forma de los ojos fijos, vidriosos y enajenados que se posaban en su cogote. Alex se pasó la mano por la frente para secarse el sudor. Volvió a observar a su alrededor. Los trabajadores trajeados de las mesas blandían impresos ante las miradas huecas de sus confundidos clientes. Se desenfundaban bolígrafos. Se extendían sonrisas. Se estrechaban manos. Se tramaban pactos. Se urdían planes. 
Alex comenzó a notar la preocupante falta de aire. Carraspeó un poco, intentando no hacerse notar demasiado, no revelar su presencia. La situación era totalmente insoportable, violenta, incómoda, horrible. La señora del pelo de estropajo sin duda era una buena mujer, una madre comprensiva y temerosa de Dios. Sopesó la opción de confesárselo todo y buscar su ayuda, no tenía más que acercarse y decirle con total naturalidad: «disculpe señora, ¿le importa que me cuele en la fila? Es que verá, llevo un pedo de la hostia y no sé si podré aguantar esto por más tiempo». Sin duda una persona como ella, cabal y tolerante, podría entenderlo.
«Creemos en los jóvenes. Creemos en ti. En esta cuenta tus sueños cuentan»
En ese momento surgió una voz.
-¡Pasen por esta ventanilla por favor!
Un nuevo trabajador, enviado sin lugar a dudas por el mismísimo Espíritu Santo, acudía para agilizar el tráfico de clientes. La señora y Alex se miraron a la cara por primera vez, desconcertados. A pesar del colocón, o quizás gracias a él, Alex pudo reaccionar en primer lugar y con un par de amplias y desesperadas zancadas se colocó en esta nueva ventanilla. Frente a él una chica de pelo oscuro esbozaba una blanca sonrisa.
-Buenos días caballero, ¿en qué puedo ayudarle?
-¡Para pagar!"



C. S. Odklas. Los Cuadernos Negros.
https://www.facebook.com/odklas/posts/10209407100028478

jueves, 16 de marzo de 2017

RELATO - ODIO LOS DÍAS LLUVIOSOS

José Luis conecta el ordenador, abre la página del Facebook y escribe: Odio los días lluviosos.
Enciende un cigarro y aguarda a que alguien se digne a dejar un “Me gusta”. Pasados unos minutos aparece uno. Lo ha dejado la chica rara que solo cuelga fotos adornadas con purpurina. La bloquea para que no vuelva a molestarle. Poco después llega un mensaje de Mónica.
-  ¿Qué haces?
- Ya ves, enredando por aquí.
- Lo digo por si quieres pasarte por casa. Mi marido acaba salir para ir al aeropuerto y estaré sola todo el día.
Un polvo con Mónica siempre merece la pena. Aún recuerda la primera vez. De eso hace, al menos, tres años. Fue durante una fiesta que alguien organizó en un piso okupa. Mónica y él no se conocían. Coincidieron allí por casualidad. De hecho él no tenía pensado asistir, pero sus amigos le convencieron. Ella se presentó acompañada de su novio de entonces y fue el centro de atención de la fiesta. Esa noche, las bebidas y las drogas estaban al alcance de todos y nadie dudó en hacer uso de lo uno y de lo otro. En algún momento, no se sabe exactamente cómo, ambos terminaron solos en la azotea. Ella le había dado el esquinazo a su pretendiente y él se separó del grupo de amigos con la excusa de ir al baño. Allí estaban, los dos a medio vestir, bajo un cielo estrellado y de fondo las luces de la ciudad. Un escenario de película para un polvo memorable. El recuerdo trae consigo una erección. Por otro lado, llueve y hace frío. No le apetece salir de casa estando el día así. Se lo hace saber.
- ¿Has visto la que está cayendo?  Es el puto diluvio universal.
Como contestación, Mónica envía un selfie de sus tetas.
- Si quieres catarlas vas a tener que mover tu culo hasta aquí.
No las muestra desnudas, pero sí enseña suficiente carne para despertar interés.
-  Vale. Pero antes tengo que ducharme y afeitarme.
- Ok. Te espero.
            Hace una copia de la foto que le ha enviado, entra en un archivo donde hay varias carpetas con nombres de mujer, abre la que pone Mónica y pega la foto en ella. Dentro hay varias fotos más. También un documento Excel con un diario fechado de todas las relaciones sexuales que han mantenido. Esos encuentros han sido valorados según cada una de las actividades: BESOS, CARICIAS, CUNILINGUS, FELACIÓN, PENETRACIÓN VAGINAL, PENETRACIÓN ANAL… quedando reflejadas en celdas de distintos colores. Cada color equivale a un grado de valoración, es decir: Marrón es igual a MALO, amarillo a REGULAR, rojo a BIEN y verde a SOBRESALIENTE. Sale del archivo y entra en el buscador. Apunta: Anales con maduras. Últimamente le ha cogido el vicio de masturbarse viendo mujeres de entre cincuenta y sesenta años siendo folladas por el culo. Si son inexpertas y tienen apariencia de amas de casa, mejor. Nada que ver con Mónica. Quiere hacerse una paja antes de estar con ella porque cree que así durará más durante el coito. Selecciona una de las páginas y entre la variedad de vídeos busca uno que le excite. Ve a una mujer que le recuerda vagamente a una jefa que tuvo hace tiempo. Pica sobre el vídeo y empieza a acariciarse el pene.
Cuando acaba apaga el ordenador y va al baño a darse una ducha rápida. Después se lava los dientes y se afeita a conciencia. Mónica le tiene prohibido cualquier asomo de barba. No quiere sarpullidos ni irritaciones que puedan alertar a su marido.
Al salir del portal lo primero que ve es un paraguas rodando por la acera y a su dueña persiguiéndolo. Y es que, para empeorar la cosa, a la borrasca hay que sumarle fuertes rachas de viento. Los ingredientes perfectos para un día de perros. La parada de autobús está a un par de manzanas. Corre en esa dirección procurando pasar por debajo de los soportales y las marquesinas que encuentra por el camino. Llega a la parada y espera.
            El autobús tarda en llegar. Con ese tiempo el tráfico es un caos. Se oye el silbido de un whatsapp. Todos los que están en la parada miran sus Smartphone. El aviso es para él.
- ¿Dónde coño estás?
Está empapado y temblando de frío, esperando un autobús que no termina de llegar. Lo que menos le apetece es que le metan prisa. Por un momento se plantea volver a casa y dejarla plantada. Pero se acuerda de la foto de las tetas y cambia de opinión.
- Estoy llegando.
- Ok. No tardes.
Por fin, aparece el autobús. Va lleno y hay que sacar los codos para hacerse hueco entre los pasajeros. De entre la mezcolanza de rostros hay uno que le resulta familiar. Es una mujer delgada, de piel pálida que está sentada junto a una de las ventanillas. No sabe de qué la conoce, pero hay algo en ella que le inquieta. Como en un puzle intenta encajar a esa persona en su vida. Ahora cae. Ambos estudiaron juntos en quinto y sexto de EGB. Ella se llama Natividad. Recuerda que era una niña de piel blanca y ojeras pronunciadas, excesivamente tímida que se sentaba delante de su pupitre. Sin duda, el remordimiento que siente se debe a que por aquel entonces él no paraba de tomarle el pelo. Un día, tuvo la ocurrencia de darle la vuelta a su nombre, en vez de Natividad decidió llamarla Muerte. El hecho de tener un aspecto enfermizo posibilitó que el mote cuajara y todos los alumnos terminaron llamándola así: Muerte. Ella nunca se lo perdonó. Se abre paso entre los pasajeros y se acerca donde está sentada.
-Hola ¿Te acuerdas de mí?...
Se puede ver en su cara que sí.
-Ha pasado mucho tiempo, pero quiero que sepas que lamento mucho todas las trastadas que te hice en el colegio.
-¿Trastadas?
-Bueno, ya sabes.
-Lo que tú llamas trastadas para mí fueron crueles humillaciones.
-No crees que exageras.
-Un día, una niña se acercó a mí. Delante de todos me escupió en la cara alegando que su abuela había muerto. Lo malo es que lo dijo como si yo fuera la culpable, como si yo hubiera tomado la decisión.
-...
-Tengo una hija. El próximo año empezará a ir al colegio. Mi gran temor es que la sienten cerca de un canalla como tú.
Dicho esto, Natividad recoge sus cosas, se dirige a la parte trasera y aguarda a que el autobús se detenga. Cuando lo hace, se apea y se aleja calle abajo lidiando con la lluvia y el viento. En ese momento, a él le llega un whatsapp.
- Han suspendido el vuelo de mi marido por culpa del mal tiempo. Tendremos que vernos en otra ocasión.
Las puertas se cierran y el autobús sigue su trayecto.

pepe pereza

viernes, 10 de marzo de 2017

NOVEDADES LUPERCALIA

PRÓXIMAMENTE

LITERATURA RANDOM HOUSE, Marzo 2017
La nueva novela del norteamericano Donald Ray Pollock es un western que se mueve en el territorio de McCarthy, Faulkner y O'Connor, y que mezcla la sátira con saludables dosis de violencia cinematográfica al más puro estilo de Peckinpah, Tarantino o los Cohen.

Fragmento:

En 1917, mientras otro agosto infernal empezaba a tocar a su fin en la frontera que separa Georgia y Alabama, Pearl Jewett despertó una mañana antes del amanecer a sus hijos con un ladrido gutural que sonó más animal que humano. Los tres jóvenes se levantaron en silencio de sus rincones respectivos de la cabaña de una sola habitación y se pusieron la ropa mugrienta y todavía húmeda del sudor de la jornada anterior. Una rata sarnosa y cubierta de costras se metió correteando en la chimenea de roca, haciendo caer trocitos de mortero sobre el frío hogar. La luz de la luna se filtraba por las rendijas de las paredes desvencijadas de troncos y yacía en forma de finas franjas lechosas sobre el suelo de tierra roja. Tocando casi el techo bajo con las cabezas, sus hijos se congregaron en el centro de la habitación para desayunar y Pearl le dio a cada uno de ellos una insulsa torta de harina con agua, frita la noche anterior en un grumo de grasa sobrante. No habría nada más que comer hasta la noche, cuando a todos les correspondería una ración del puerco enfermo que habían sacrificado en primavera, junto con una cucharada de mejunje de patatas hervidas y verduras silvestres servida en platos de latón mellados con una mano que nunca estaba limpia y de una olla que no se lavaba nunca. Salvo por las lluvias ocasionales, todos los días eran iguales.

miércoles, 8 de marzo de 2017

PRÓXIMAMENTE EN SAJALÍN

ALFA, BRAVO, CHARLIE, DELTA

Traducción: Ana Crespo
Colección: Sajalín
1ª edición: 15/03/2017 
ISBN: 978-84-943782-9-4 
Páginas: 184 
Precio PVP: 18,00 €

Gemma Jackson no tuvo una infancia convencional en la Norteamérica de los años sesenta. Ella y su hermano MacArthur crecieron en las distintas bases militares donde destinaron a su padre, un hombre estricto y brillante fascinado por los esquimales y el ártico desde su paso por Groenlandia. En varios de los relatos de este libro, Gemma recuerda con nostalgia algunos episodios de sus itinerantes años de formación; una época que concluyó abruptamente cuando su padre abandonó el ejército y el pequeño MacArthur perdió la inocencia en Vietnam. Otros relatos de Alfa, Bravo, Charlie, Delta los protagonizan mujeres de mediana edad, inteligentes, que se esfuerzan por mantener un equilibrio precario cuando sus vidas y a menudo sus relaciones— parecen ir a la deriva. 

Alfa, Bravo, Charlie, Delta es, a fecha de hoy, el único libro publicado por Stephanie Vaughn. Una obra de culto que ha seducido a escritores de la talla de Wallace Stegner, Tobias Wolff y Joseph Heller.


«Stephanie Vaughn es una escritora de primera categoría.» Wallace Stegner

«Stephanie Vaughn posee un talento extraordinario» Joseph Heller


sábado, 4 de marzo de 2017

EN EL CORAZÓN DEL CORAZÓN DEL PAÍS de WILLIAM H. GASS


EN EL CORAZÓN DEL CORAZÓN DEL PAÍS de WILLIAM H. GASS  
LA NAVAJA SUIZA EDITORES, 2017
Nº de páginas: 280 págs.
Encuadernación: Tapa blanda
Editorial: LA NAVAJA SUIZA EDITORES
Lengua: CASTELLANO
ISBN: 9788494651502

Después de su publicación en 1968, En el corazón del corazón del país se convirtió en un clásico de la literatura estadounidense y ha mantenido un cierto aura de libro de culto; un conjunto de relatos que al mismo tiempo es heredero de la prosa de Faulkner y el modernismo de Gertrude Stein, y que renueva la narrativa de su país junto con la obra de autores como Donald Barthelme, William Gaddis, John Barth o Robert Coover. Las dos novelas breves y los tres cuentos que conforman En el corazón del corazón del país están localizados en el Medio Oeste y proporcionan una imagen poderosa y mítica del Estados Unidos más profundo y real. Hablan de violencia, soledad, de una especial relación con la naturaleza, y, sobre todo, de la fragilidad del ser humano y de las relaciones que este establece con su entorno. Gass explora y expande los límites del relato, juega con las palabras y las retuerce para alcanzar dimensiones hasta entonces desconocidas en la literatura. Su obra ha sido reverenciada por escritores de la talla de David Foster Wallace o Cynthia Ozick.

sábado, 18 de febrero de 2017

EL RUIDO QUE HACEN LOS TRENES AL PASAR

Lo que más le gusta a Carmelo es el ejercicio físico. Le entusiasma cincelar cada músculo como si de un escultor se tratase. También, escuchar la radio. Se podría decir que son las dos cosas que más le satisfacen. Con el ejercicio cuida su cuerpo y con la radio su mente. Cree que eligiendo buenos programas se pueden aprender muchas cosas. En ese mismo instante, en la radio, un profesor está disertando sobre la inexistencia del presente. Asegura que el presente como tal no existe. Según sus palabras hubo un pasado y habrá un futuro, pero no un presente. Por lo visto, el cerebro de las personas tarda unas milésimas de segundo en procesar cualquier dato, cuando termina de procesarlo pertenece al pasado. Por ejemplo, alguien te roza la mano. Para cuando eres consciente de que te han rozado ya es un hecho consumado que no pertenece al presente. Cuando más interesante está la charla pasa un tren de mercancías. Uno que debe medir un kilómetro de largo. El tren tarda demasiado en pasar y cuando lo ha hecho el profesor ya ha concluido su razonamiento. Carmelo tiene la firme convicción de que siempre que alguien dice algo interesante en la radio pasa un tren. Y es que vive en un piso de alquiler que está a treinta metros escasos de la vía. Lleva viviendo ahí desde hace cinco años y sigue sin acostumbrarse. Lo peor es por la noche. De madrugada es cuando más se les oye. Al principio salía al balcón. Le gustaba ver a los pasajeros dentro de los vagones. Eran como diapositivas que pasaban a toda velocidad.
-Noventa y cinco, noventa y seis, noventa y siete, noventa y ocho, noventa y nueve y… última.
A Carmelo le encanta acabar una sesión de cien abdominales y notar todos los músculos tensos. Es una sensación que le hace sentir poderoso. Suena el teléfono. Es Martín.
-Paso a recogerte en quince minutos -le dice.
-Ok, te espero abajo.
Martín y Carmelo dejan atrás la cuidad. Dentro de la furgoneta huele a tabaco y a sudor. Carmelo tolera el olor a sudor pero el tufo del tabaco no lo soporta, por eso va con la cabeza asomada por la ventanilla. El viento choca contra su cara y si abre la boca, los papos le inflan con el aire. Le gusta ir con la ventanilla abierta. A Martín no.
-Joder, tío. Estamos a bajo cero y tú con la ventanilla abierta. Como me acatarre será culpa tuya.
Un solitario copo de nieve desciende del cielo para precipitarse directamente en la lengua de Carmelo. Enseguida cae otro y otro más. Según ascienden por la carretera la nevada se intensifica y el paisaje se va cubriendo de blanco. Salen de la carretera general y se adentran por una comarcal que está llena de baches y curvas. A Martín le preocupa la nevada.
-Como esto siga así habrá que poner las cadenas.
Finalmente, llegan a un pueblo situado en plena sierra, a mil ochocientos metros por encima del nivel del mar. En el campanario de la iglesia se distinguen varias cigüeñas. Carmelo escuchó en la radio que ya no migran al sur. Algo relacionado con el cambio climático. La furgoneta sigue por la calzada, pero no se adentra en la villa. Lo que hace es coger un camino adyacente que lleva al bosque. Después de unos pocos kilómetros llegan a un caserón con las paredes de piedra y rodeado de abetos. La furgoneta se detiene a la entrada. Martín baja del vehículo ajustándose el cuello de la cazadora. Se enciende un cigarro y lo apura con prisa. Se acerca a la vivienda y llama a la puerta. Cuando le abren se sacude la nieve de encima y entra. A Carmelo le apetece estirar las piernas. Salta de la furgoneta. Al aterrizar se hunde hasta las pantorrillas. Ha dejado la cazadora en el asiento y solo lleva una ajustada camiseta. Se cuelga de la rama de un abeto y comienza a hacer flexiones. Nunca está de más hacerse una tanda, y si con ello se quita el frío de encima, mejor que mejor. Al llegar a las treinta y cuatro, nota que alguien le está mirando. Es un niño que está junto a las porquerizas que están adosadas al caserón. El niño se acerca. Lo hace tímidamente, pisando la nieve con cautela, como si en cualquier momento el suelo se fuera a abrir bajo sus pies. Se queda parado a un par de metros, observando cómo Carmelo flexiona los brazos. Cuando los bíceps se hinchan por el esfuerzo, los ojos del chaval se abren para abarcar todo el volumen de los músculos. Cuando llega a las cincuenta flexiones da por terminada la tanda. Se descuelga del árbol y relaja los brazos para que la sangre circule por ellos, luego saca bola con el brazo derecho. El niño se acerca aun más. Carmelo aprovecha la proximidad del crio para acariciarle los genitales. A través de la tela del pantalón nota un gusano flácido y minúsculo. Desea bajarle la cremallera, pero antes de que pueda hacerlo el niño se aleja asustado. A mitad de camino tropieza y cae de bruces en la nieve. Rápidamente se incorpora y sigue corriendo hasta que desaparece por la puerta de las cuadras. En ese momento, Martín sale de la casa con un paquete envuelto en papel de estraza. Martín le pasa el paquete, suben a la furgoneta y emprenden el viaje de vuelta.
Antes de llegar a la urbe cogen el desvío que lleva al polígono industrial. Se desvían por el camino que hay junto a la vía del ferrocarril para llegar a un poblado de chabolas que circunda las afueras. Aparcan junto a un patio que está lleno de chatarra. Enfrente está la casa donde se dirigen.
-Quédate aquí y si en diez minutos no salgo entras a buscarme.
-Ok.
Martín sale de la furgoneta con el paquete. Se enciende un cigarro. Siempre se pone nervioso cuando tiene que entrar en ese antro. Después de dar unas apresuradas caladas tira la colilla al suelo y llama al timbre. Le abre la misma gitana de siempre. Entra y se cierra la puerta. Atardece detrás de los tejados de chapa y uralita. Pasa un tren. Las vías están al otro lado del poblado y se escucha con claridad el traqueteo de las ruedas sobre los raíles. A Carmelo se le ocurre que ese tren en breve pasará por delante de su casa. Mira la hora. Han transcurrido más de siete minutos desde que Martín entró en la chabola. Normalmente no tarda tanto. Justo cuando está a punto de preocuparse, se abre la puerta y aparece. Se enciende un cigarro y le guiña un ojo. Todo va bien.
A esa hora el tráfico en la ciudad es un caos, cada dos por tres hay que parar en un semáforo o ceder el paso en las rotondas. Le pide a Martín que lo deje cerca del centro. El resto del camino prefiere hacerlo a pie.
Al llegar al barrio observa que a lo lejos hay un tren detenido No es normal que esté ahí. Algo pasa. Se acerca a curiosear. Al lado de vías hay algunas personas y junto a la carretera han aparcado varios coches de policía. Por lo que dicen, un hombre se ha arrojado al tren. Hace unos días, Carmelo escuchó en la radio que el número de suicidios ha aumentado en los últimos años. Lo achacan a la crisis y al desempleo. Es triste que suceda esto, piensa. Un poco más allá, se reúne un grupo de niños que llegan atraídos por la curiosidad. Decide acercarse para hablar con ellos.

pepe pereza

miércoles, 15 de febrero de 2017

FUNERAL VIKINGO

            Invierno de 1976. Quique, Julio y Rubén se han jugado las dos horas de clase. Es viernes y quieren adelantar el fin de semana. Saltan la tapia del patio del colegio y toman el camino que lleva al río. En las afueras, a la altura de la fábrica de gaseosas, ven un gato aplastado en la carretera. Al pobre animal le han pasado tantos coches por encima que sus restos forman parte del asfalto.
-A que no hay cojones de chuparlo -dice Julio.
-Lo hago si me das tu colección de cómics -responde Rubén.
La colección de cómics es algo serio, así que Julio se toma unos segundos para pensárselo.
-Vale. Pero tengo que ver perfectamente cómo pasas la lengua por encima de esa mierda.  
-Jura que si lo hago me darás tus cómics.
-Lo juro.
Julio, que tiene las manos metidas en los bolsillos de su trenca, cruza los dedos para anular el juramento.
-¿Y tú, Quique, qué me das? -dice Rubén.
Quique no está seguro de querer participar.
-¿En serio lo vas a hacer?
-Los cómics de este inútil merecen la pena.
Realmente no le apetece ver cómo Rubén se humilla por unos cuantos tebeos.
-Paso de esta gilipollez.
Cruza la carretera, llega a las inmediaciones de la fábrica de gaseosas y se sienta junto a una de las cristaleras a esperar. Desde ahí puede ver la cadena de montaje. Hay varias máquinas funcionando a la vez, vigiladas de cerca por operarios que visten un buzo rojo. A pesar del grosor del cristal se oye el estruendo que produce la maquinaria. Dentro, el ruido tiene que ser ensordecedor. Quique trata de imaginar lo duro que debe resultar trabajar en un sitio así. Por un momento se arrepiente de haberse jugado las clases. Sabe que si no consigue acabar los estudios con buenas notas es muy posible que su futuro esté en una fábrica como esa. Mientras tanto, Rubén y Julio siguen con lo suyo.
-Abre bien los ojos porque solo lo voy a hacer una vez -dice Rubén.
Julio toma posición para no perder detalle. Rubén se arrodilla junto al gato, abre la boca y saca un palmo de lengua. Julio lo mira, expectante. De repente, Rubén se lo piensa mejor.
-Creo que no lo voy a hacer.
-Eres un puto cobarde, un gallina.
Hay conato de pelea. Quique corre hasta ellos para separarlos.
-Capullos, no me he jugado las clases para ver cómo os peleáis.
Quique siempre ha demostrado ser el más cabal de los tres. Es el nexo de unión del grupo. Los otros dos se conocieron a través de él, pero nunca han terminado de llevarse bien. Aprovechan cualquier ocasión para discutir y, normalmente, terminan peleándose. Quique consigue poner paz y juntos continúan su camino hacia el embarcadero.
            Cuando llegan ha oscurecido. En realidad, no es un embarcadero, solo un recoveco en el río donde alguien ha dejado una vieja barca amarrada con una cadena a un árbol de la orilla. Pero ellos han bautizado al sitio así: El embarcadero. Hay una densa niebla que surge de las aguas y se extiende por todo el cauce. Suben a la embarcación. Julio se acomoda en el asiento de popa, Quique en el del medio y Rubén ocupa el hueco triangular de la proa. Rubén impulsa la barca para que se adentre en el río los pocos metros que permite la cadena. Desde que la descubrieron no han dejado de frecuentarla. A los tres les gusta flotar sobre ese pedazo de madera podrida. Hace demasiado frío, pero a ellos no les importa, son jóvenes y pueden soportarlo. Tampoco les importa que a través de las grietas de la madera se hayan filtrado dos dedos de agua que les empapa las suelas de las botas. En esta ocasión la charla va de super-héroes. A Quique le gusta todo lo relacionado con los vikingos, por eso su favorito es Thor; Rubén se decanta por Spiderman, mientras que Julio no tiene claro si prefiere a Estela Plateada o a la Antorcha Humana. Cada uno defiende los poderes y cualidades de su héroe y trata de convencer a los demás de que su personaje es el mejor. No es la primera vez que discuten sobre el tema y, como en otras ocasiones, ninguno da el brazo a torcer. Así que la conversación termina como empezó: Quique sigue prefiriendo a Thor, Rubén a Spiderman y Julio permanece con sus dudas entre Estela Plateada y la Antorcha Humana. Una bolsa flota en la superficie y el flujo de la corriente la acerca hasta la barca. Quique cree que es basura que han tirado al río, pero a través del plástico ve que se transparentan varios paquetes envueltos en papel de periódico. Que él sepa, la gente no envuelve la basura. Ese detalle despierta su curiosidad. Alcanza la bolsa y deshace el nudo que la mantiene cerrada. En el primer paquete hay dos sondas de plástico y unas compresas ensangrentadas. Nada más verlas, las lanza al agua. Cuando abre el segundo paquete los tres se quedan pasmados al ver que contiene un feto humano. La criatura apenas mide unos diez centímetros. Pese a su escaso tamaño, está totalmente formado. Se aprecia que es varón, y en sus diminutas manos y pies se pueden ver todos los dedos. En la base del cráneo y parte de la espalda han quedado calcadas en la piel las letras negras del papel mojado.
-¿Qué vamos a hacer con él? -pregunta Julio.
-Habrá que llevarlo a la policía –dice Rubén.
No se ponen de acuerdo. Finalmente, Quique sugiere una propuesta.
-¿Que os parece si hacemos un funeral vikingo?
Ni Julio ni Rubén saben de qué va la cosa, él les explica las bases del ritual. En un principio, sus amigos se muestran reacios a quemar la barca, pero después de un rato terminan cediendo. El río se ha encargado de depositar en la orilla gran variedad de ramas y eso facilita la recogida de leña. Apilan los sarmientos sobre la barca y rellenan los huecos con papel y cartón. Cuando todo está preparado, Quique pone el feto encima y se retira para dejar paso a Rubén y su mechero. Las llamas primero prenden el papel, luego el cartón y finalmente se extienden a la madera. Las caras de los chavales se iluminan con la pira funeraria y sus cuerpos reciben amistosamente el calor que desprende. La barca se adentra en el río, hasta que la cadena la detiene a un par de metros de la orilla. La imagen es fascinante. En poco tiempo el feto queda reducido a cenizas. Quique se retira de la orilla y se adentra en la bruma para mear. Julio le acompaña. Mientras orinan, Julio mira de reojo el miembro de su amigo. Jamás lo reconocerá, pero se siente atraído por él. Se conocen desde niños y siempre ha experimentado una especie de deseo oculto. Antes eran inseparables, se pasaban el día juntos. Julio era feliz porque gozaba de toda su atención, hasta que Rubén se les unió. Tal vez por eso nunca han terminado de llevarse bien entre los dos.
-Julio, si me miras, me corto y no puedo mear.
-Perdona.
Julio se aparta a un lado. Está avergonzado por no haber sabido reprimirse.

En la orilla, Rubén sigue ensimismado con las llamas que salen de la barca y no presta atención a la llegada de sus amigos. Quique mira su reloj. El tiempo se les ha echado encima y tienen que regresar a sus casas. Se ponen en camino. Atrás queda un punto centelleante de luz que a medida que se alejan se vuelve más y más difuso.

pepe pereza

miércoles, 25 de enero de 2017

FAT CITY - GARDNER, LEONARD

FAT CITY - GARDNER, LEONARD

Editorial:
Traductor:
Rubén Martín Giráldez
Colección:
NARRATIVA
Materias:
NARRATIVA AUTORES EXTRANJEROS;
ISBN:
978-84-945799-0-5
EAN:
9788494579905
Precio:
17.79 €
Precio con IVA:
18.50 €

Sinopsis
Ambientada en la deprimida localidad de Stockton (California), "Fat city" es el retrato descarnado de una serie de personas, en palabras de Gardner, «aplastadas por la monumental desdicha del presente». Los cabezas de cartel son dos boxeadores que recorren sendas paralelas hacia la ruina: por un lado, Billy Tully, un cansado púgil de veintinueve años que reparte su tiempo entre bares, hoteles mugrientos y deshumanizadores trabajos a jornal; por otro, Ernie Munger, un mediocre aspirante a profesional de dieciocho años con pocas perspectivas de futuro, responsabilidades crecientes y ambiciones que se van desvaneciendo. Cada uno de ellos es un reflejo deformado del otro: Tully ve quién era; Ernie, en quién se convertirá.


martes, 24 de enero de 2017

ÚLTIMAS LECTURAS CON SOBRESALIENTE






CÓMO SE ESCRIBE UN RELATO, POR ALAN HEATHCOCK

Queridos amigos,
Ayer escribí la última frase del último relato de un libro que empecé hace cerca de veinte años (en el momento en que decidí ser escritor). Con toda sinceridad, creo que cualquiera con educación, esfuerzo y paciencia, puede llegar a escribir un libro. Yo lo logré. El proceso de acabarlo ha sido intenso, más de lo que me imaginaba, pero en esa misma intensidad he encontrado el camino hacia una comprensión muy clara de mis principios personales a la hora de ponerme a escribir. Aquí van algunos:

Crear personajes únicos con un defecto sumamente específico que ponga en cuestión su habilidad para interpretar el mundo con claridad.
Hacerles cosas horribles a tus personajes, pero sin llegar nunca despojarles de su humanidad.
Nunca hacer que tus personajes sean ignorantes o locos.
Capacitar a tus personajes para el cambio, a pesar de sus defectos, y para que, a través de pruebas, lleguen a comprender una verdad profunda del mundo.
Sentir la lucha de tus personajes. Que te hagan llorar, que te enojen, que te cansen. Desvanecerte. Descubrir lo que significa ser otro distinto a ti.
La empatía es de crucial importancia. Si un lector no siente, no será drama sino periodismo, y el periodismo que es ficción tiene muy poco valor.
El sentimiento se comunica a través de los sentidos. Comunicar a través de imágenes, sonidos, aromas y texturas, no con palabras. Principalmente, comunicar a través de imágenes.
Poner tus personajes en una situación altamente dramática y única, abandonándoles al desnudo con sus defectos.
Dedicar mucho tiempo a trazar la trama. Crear tramas que sean tan únicas y alejadas de la fórmula que nadie pueda llegar a creerse que hayas dedicado ni un solo segundo a pensar en la trama.
Permitir que tus personajes deseen algo, pero no otorgárselo fácilmente. Darles solo lo que se merezcan. Hacer que se lo curren a lo largo de toda la historia para que se lo ganen, o no.
Cada escena debe sentirse extraña y desconocida. Lo extraño y lo desconocido genera misterio y alimenta el peligro, y tanto el misterio como el peligro alimentan la curiosidad.
Inventar entornos interesantes y peculiares, o dar con algo interesante y peculiar en entornos un entorno banal. Todos los entornos son reflejos metafóricos del interior de tus personajes.
Nunca resultar obvio. Nunca ser recatado. Hacer que el lector tenga que trabajar un poco para entender lo que está leyendo, pero al final recompensar su esfuerzo con empatía y claridad.
Revelar algo en los finales creando una convergencia de trama y relato. Escribir el final de tal forma que no se sienta arreglado. Hacer finales a la francesa.
No escribir de menos. Abastecer al lector con todo lo que necesite ver, sentir y pensar. Controlar al lector en todo momento.
No escribir de más. No hacer que el lector lea más de lo que necesite. Si haces que un lector lea una sola palabra más de la necesaria le estarás dando licencia para leer por encima.
Encontrar siempre los sustantivos y los verbos justos y exactos. La verosimilitud vendrá en buena parte determinada por la precisión de los sustantivos y los verbos.
Escribir con un estilo de prosa que parezca orgánico y libre aunque esté completamente programado y controlado.
No preocuparse por la extensión. Un relato será tan largo como precise, ni una palabra más, ni una palabra menos. El propio relato dictará su propia extensión.
Nada de atajos. Pensar en las maneras más exigentes que haya para lograr lo que deseas y hacer precisamente esas cosas. Al final te ahorrará tiempo.
Jamás ofender a nadie intencionadamente. Pero que nunca te importe que la gente se pueda ofender con tu obra.
Poner títulos sencillos y un poco raros. Hacer que el lector tenga que leer el relato entero para entender del todo el título, y poner un título que ayude al lector a entender el relato del todo.
Escoger proyectos que te hagan sentir algo con intensidad. Obsesionarse.
Darse completamente a la historia. Eliminarte. No trata de ti.
No trabajar con otra gente. Los otros te cohibirán. Encontrarte un sitio donde poder estar solo. Estar solo.
No buscar la aprobación más allá de uno mismo.
Ser lo bastante valiente para tomarse a uno mismo en serio. Una vez que hayas decidido tomarte en serio dejarás de imitar a los demás y serás original.

Sinceramente,
Alan Heathcok


(Traducido por Javier Lucini)